sábado, 24 de septiembre de 2016

Sobre el origen egipcio del tarot

Hoy quería reflexionar sobre una de las tesis que se han defendido de forma más vehemente cuando hablamos del origen del tarot y que defiende que tendría un origen egipcio. Ello se debe a determinados estudios que se realizaron en el siglo XVIII (Court de Gébelin, 1781); se pudo demostrar que había una correspondencia entre determinados jeroglíficos egipcios y la simbología de los arcanos del tarot.

Siempre he defendido que el origen del tarot hay que buscarlo en el Mediterráneo occidental y que para ello hay que irse al siglo XIV. Sin embargo, cuando descarto el origen egipcio del tarot me estoy refiriendo no tanto a una cuestión simbólica como, en cambio, a una cuestión tangible, pues las primeras referencias documentales y físicas sobre la existencia de juegos de cartas son de principios de ese siglo. Evidentemente, la existencia de burguesías comerciales en esa zona y de espacios de mayor libertad personal contribuyeron decisivamente a su difusión.

A mi entender, la aportación de la cultura del Antiguo Egipto al tarot es importantísima, pero no es ni mucho menos la única. Sí podemos decir que el saber que transmite el tarot se origina en el Antiguo Egipto, pero después se enriquece a través del pueblo judío y llega posteriormente a Europa, según la tradición esotérica, a través de los descendientes de Cristo (reyes merovingios) y los cátaros. Sí podemos ver, en efecto, un continuum filosófico de estos diferentes grupos, pues el más reciente dice ser sucesor del anterior (independientemente de que lo sea realmente). Es así como se construye el llamado saber iniciático que contiene el tarot y que se ha ido enriqueciendo y haciendo más complejo a través de los siglos a través de las aportaciones de cada cultura.

Ver el tarot como una herramienta de integración y no como patrimonio exclusivo de un determinado grupo o cultura es, para mí, la mejor forma de introducirse en este fascinante mundo y aprender de él.


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